Ahora, que cada vez que veo las noticias o leo un periódico, siento que mis pasos se
pierden. Se pierden en el vacío, la desesperanza y la sin razón. Creo, y ya me gustaría
equivocarme, que soy miembro de la primera
generación perdida, esa que en su mayoría creció con cantos de sirenas.
Cantos afinados, que susurraban al oído palabras bonitas, democracia,
bienestar, igualdad, libertad, que al final resultaron ser solo eso, palabras bonitas.
Ustedes son el futuro, la primera generación constitucional,
eso se decía de mi quinta. Y bueno, constitucional y democrática, pero con
matices, ni uno, ni dos, si no varios. Esto ha sido como un gran baile de
mascaras, llevamos treinta y tantos años de fiestas, dejándonos emborrachar por
vino de cartón, pero bebiendo para no mirar. Y ahora, de repente ha amanecido,
se ha hecho de día, nos estamos quitando las mascaras y el vino de cartón se ha
acabado, solo queda el whisky de malta, pero ese no es para nosotros. Este
lleva mucho tiempo en las mismas manos, en las de siempre.
Ahora, en plena resaca de realidad, empezamos a
descubrir los pilares de nuestro estado de derecho. La dictadura, la nobleza,
la iglesia, la clase política y la banca, ellos dirigen nuestra democracia. Platón
definía la democracia, como el gobierno de la multitud y Aristóteles defina
otro sistema, la aristocracia, como el gobierno de los menos. Con esta información,
y conociendo el concepto “decretazo”, a mí,
la palabra democracia se me diluye entre los dedos.
Pues después de la educación, la universidad y la formación.
Seguimos igual, a expensas que la aristocracia nos deje respirar. Pero ya no
son Condes, Duques o Marqueses. Ahora son banqueros, políticos y su elenco protegido. Ellos son el único poder, impune ante la ley y
con derecho a juzgar, manipular y gestionar de la forma más oportuna o propicia
para sus intereses. Al final solo somos vasallos, que caminan perdidos por las
cloacas del castillo.
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