De nuevo, me sorprende la madrugada bajo la tenue
luz, de la última luna del año que desaparece. Justo ahora, cuando el runrún del
mar, se mezcla con la suave música que se escapa desde algún rincón de esta
mesa, he pensado en 2012, el año en que se acabó el mundo, aunque aún seguimos aquí.
El año en que se perdieron palabras, palabras como esperanza y futuro, el año
que descubrimos que teníamos una prima que se llama riesgo y que el derecho a
la educación, sanidad y vivienda era vivir por encima de nuestras
posibilidades.
Este, también ha sido el año el año en que fui, y volví. El año en que conserve viejos amigos,
cultive nuevos y viví con extraños que terminaron siendo familia. El año que
eche de menos por no estar y extrañé por haberme ido, el año del infarto que
termino en un susto, y me enseño que la salud de la familia es el mejor regalo.
El año de los hijos de mis amigos, los que llegaron y los que estan por llegar,
y el año que la distancia me unió al camino.
2012, otro más a recordar, momentos buenos, los
mejores. Ratos malos, algunos, pero quedaron en las cunetas del sendero. Al
final, solo ha sido eso, uno año a recordar. Quizás con más trampas de las necesarias,
o con más suerte de la que merezco, depende desde donde lo miremos. ¿Qué es lo peor
de este año que huye del presente para instalarse en el pasado? Sin duda, la deshumanización
social, solo paliada por la solidaria humana. Lo mejor, que lo he vivido y sigo
aquí para recordarlo. ¿Propósito para el nuevo año?, vivirlo. Vivir cada
instante, buenos o malos, solo vivirlos y seguir adelante. A los que se
quedaron, hasta la vista, a los que están, gracias y a los que vendrán,
bienvenidos. Compañeros, feliz año bueno, sí, bueno. ¿Por qué bueno?, ¿y por qué
no?